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Cuando los criollos heredaron el poder colonial

Por: Redacción

Nos dijeron que la independencia nos abrió la puerta hacia la libertad. Pero omitieron decirnos a quién se les quedaron llaves cuando los colonizadores se “fueron”.

En América Latina, la ruptura con la Corona no significó una ruptura con el orden social. Estamos de acuerdo que algunas cosas cambiaron, por ejemplo, los nombres, las banderas y los cargos, pero la lógica del control no se modificó. En ese vacío entraron las élites criollas (hombres blancos o blanqueados, alfabetizados, propietarios, formados en el mismo marco cultural que antes administraba el imperio). No modificaron nad; solo fueron intermediarios eficientes.

Solo hay que ponernos a pensar por un momento; el acceso a la tierra siguió concentrado en pocas manos. El derecho al voto quedó limitado por criterios de renta, alfabetización o “mérito”. Las mayorías indígenas, afrodescendientes y campesinas quedaron fuera del nuevo pacto social.

La alfabetización, presentada como símbolo de progreso, operó también como filtro. Saber leer y escribir no fue solo una herramienta cultural, fue una frontera política. Las constituciones, las leyes y los contratos estaban escritos en un lenguaje inaccesible para la mayoría. Así, el poder dejó de justificarse por la sangre azul y pasó a justificarse por la letra impresa.

El resultado fue el mismo: exclusión.

Las élites criollas entendieron, que no hacía falta gobernar directamente a las masas si se controlaban las instituciones. Escuelas que formaban obediencia antes que pensamiento crítico. Iglesias que legitimaban el orden social. Tribunales que defendían la propiedad privada heredada de la colonia. Estados que hablaban en nombre del “pueblo” sin incluirlo realmente.

Este patrón se repite en distintos países y momentos. En México, Perú, Colombia o Argentina, la historia muestra a criollos ilustrados ocupando el lugar del antiguo administrador colonial. No desmontaron la estructura; la nacionalizaron. El problema nunca fue solo quién mandaba, sino para quién funcionaba el sistema.

Nos enseñaron a ver a estas élites como padres de la patria, portadores de ideas modernas, héroes civiles. Pero rara vez se dice que su proyecto de nación tenía límites claros. La igualdad no era para todos. La ciudadanía tenía requisitos. La educación era un privilegio, no un derecho universal.

Mirar este pasado ayuda a entender por qué hoy la desigualdad persiste con nuevos disfraces. Por qué el lenguaje técnico sigue alejando a muchos de las decisiones públicas. Por qué la escuela aún puede funcionar más como mecanismo de selección social que como espacio de emancipación.

Este cuestionamiento que estoy haciendo, hacia las élites criollas, no significa, que este negando la independencia, sino mi intención es dejar de idealizarlas y señalar la función que ejercieron para que, de alguna manera, veamos realmente que la colonia no terminó en el siglo XIX, sino que aprendió a hablar con acento local y firma nacional.

Esto me lleva a cuestionarme si de verdad fuimos libres, y si es así, ¿para quién?. Y mientras no la respondamos con honestidad histórica, seguiremos celebrando cambios de fachada, creyendo que el control desapareció cuando en realidad solo cambió de administrador. En este contexto, ¿qué función tuvo la educación durante este periodo?
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