Por: Pepe Ludo
Hoy, en Cheranástico y Pátzcuaro, ocurrió algo que debería hacernos reflexionar seriamente sobre eso que el gobierno llama “consulta a los pueblos indígenas”.
Los pueblos originarios estamos de acuerdo en algo fundamental: cualquier política pública que pretenda intervenir en nuestros territorios, nuestra vida comunitaria, nuestra cultura o nuestros derechos debe ser previamente informada y consultada.
Hasta ahí, todo bien.
El problema comienza cuando el Estado cree que consultar a los pueblos indígenas consiste en convocar a unos cuantos representantes, reunirlos en una cancha de basquet y esperar que de ahí salga el consenso de todo un pueblo.
Así no funcionan nuestras comunidades.
En los pueblos p’urhépecha, la asamblea comunitaria tiene una importancia fundamental. Ahí participan hombres, mujeres, jóvenes, personas mayores, sabios, profesionistas, trabajadores, agricultores, comerciantes, artesanos, líderes de barrio, deportistas y muchos otros actores que forman parte de la vida cotidiana de la comunidad.
Y cada comunidad tiene sus propias formas de hablar, escuchar, discutir y tomar decisiones. No existe un “manual universal de asamblea indígena” que permita meter a cincuenta o sesenta comunidades en una misma cancha y decir: “Bueno, ahora sí, vamos a consultar a los pueblos”.
Porque una cosa es representar administrativamente a una comunidad y otra muy distinta es representar su pensamiento, su memoria, sus conocimientos y sus necesidades.
Un jefe de tenencia, un representante de bienes comunales o un integrante de un consejo comunitario puede tener legítimamente una responsabilidad administrativa. Pero eso no significa, automáticamente, que sea especialista en lengua, cultura, territorio, historia, educación, economía comunitaria o derechos indígenas.
Y aquí está lo curioso:
Para consultar a un pueblo indígena se convoca a sus autoridades; pero muchas veces se deja fuera precisamente a quienes conocen al pueblo.
¿Dónde están los mayores que conocen la historia de la comunidad?
¿Dónde están las mujeres que sostienen buena parte de la vida comunitaria?
¿Dónde están los jóvenes?
¿Dónde están quienes conocen la lengua?
¿Dónde están los agricultores, artesanos, comerciantes, pescadores, músicos, profesionistas, líderes de barrio y personas que durante años han construido la vida de sus comunidades?
Porque un pueblo no es solamente su autoridad en turno.
Un pueblo es su memoria, su territorio, su lengua, sus conocimientos, sus conflictos, sus necesidades y, sobre todo, su gente.
Por eso, cuando una consulta se organiza desde un escritorio y después se pretende que una reunión masiva sustituya a las asambleas de cada comunidad, quizá habría que preguntarnos si realmente estamos frente a una consulta indígena… o simplemente frente a una consulta sobre los indígenas.
Y no es lo mismo.
Lo ocurrido en Cheranástico y Patzcuaro podrá generar muchas opiniones y seguramente habrá quienes condenen o justifiquen las formas en que se manifestó el desacuerdo.
Pero más allá del incidente, queda una pregunta que el gobierno debería responder:
¿Realmente quiere escuchar a los pueblos indígenas o solamente necesita que los pueblos indígenas digan que sí?
Porque si la respuesta es la segunda, entonces no estamos hablando de consulta.
Estamos hablando de simulación.


